Una conversación con Melinda Hartwig sobre Egipto, Howard Carter y la experiencia de descubrir el pasado
Tutankamón: el arte de contemplar
Una conversación con Melinda Hartwig sobre Egipto, Howard Carter y la experiencia de descubrir el pasado
Hay una diferencia enorme entre ver un objeto y contemplarlo.
Eso fue quizá lo primero que entendí durante mi conversación con Melinda Hartwig, egiptóloga, arqueóloga y profesora emérita, mientras recorríamos la exposición dedicada a Tutankamón.
Para ella, una exposición arqueológica no debería limitarse a colocar objetos detrás de vitrinas.
Debe contar una historia.
Debe reconstruir un contexto.
Y, sobre todo, debe permitir que el visitante tenga la sensación de estar descubriendo algo.
“It’s about experience, not about presentation.”
Es una frase que resume perfectamente la filosofía de esta exposición.
No se trata simplemente de mirar una pieza antigua. Se trata de preguntarse cómo fue encontrada, quién la utilizó, qué significaba y qué vio la persona que la descubrió por primera vez.
Por eso, en esta exposición el visitante puede seguir los pasos de Howard Carter.
Entrar en los zapatos de Howard Carter
La exposición comienza llevando al visitante hacia la historia del descubrimiento de la tumba de Tutankamón.
Primero está Carter.
Después está la historia de la dinastía.
Luego, la tumba.
Y finalmente llega uno de los momentos más interesantes: la reconstrucción de los espacios tal como Carter los encontró.
La intención es clara.
No simplemente mostrar lo que había dentro de la tumba, sino intentar responder una pregunta:
¿Qué vio Howard Carter cuando abrió aquella puerta por primera vez?
Ese cambio de perspectiva transforma completamente la experiencia.
El visitante deja de ser espectador y se convierte, aunque sea por unos minutos, en explorador.
Egipto como patrimonio colectivo
Hartwig lleva más de cuatro décadas trabajando con Egipto.
Su relación con el país comenzó cuando era muy joven y, según cuenta, Egipto terminó convirtiéndose prácticamente en su segunda casa.
La fascinación comenzó cuando tenía apenas nueve años.
Su madre tenía un libro sobre Egipto.
Lo leyó.
Y quedó fascinada.
Nunca imaginó que aquella curiosidad infantil terminaría convirtiéndose en una carrera dedicada a la arqueología y a la historia del antiguo Egipto.
Cuando le pregunté por qué Egipto continúa fascinando a personas de todo el mundo, su respuesta fue contundente:
Porque forma parte de nuestra herencia colectiva.
Egipto no es solamente una civilización exótica y antigua.
Es parte de la historia compartida de la humanidad.
El Nilo, las pirámides, los templos, los faraones, los dioses, las momias y los jeroglíficos forman parte de una memoria cultural que trasciende fronteras, idiomas y religiones.
El Nilo: una autopista de la antigüedad
Durante nuestra conversación apareció inevitablemente el Nilo.
El río fue mucho más que una fuente de agua.
Fue una auténtica autopista de la antigüedad.
A través de él circulaban personas, mercancías, ideas y materiales.
El oro llegaba desde Egipto y Nubia, en el territorio que corresponde en buena parte al actual Sudán.
Y el río también hacía posible algo fundamental para la civilización egipcia: la agricultura.
Las inundaciones anuales depositaban sedimentos sobre las tierras cercanas al río.
Cuando las aguas retrocedían, quedaba un suelo extraordinariamente fértil.
El Nilo hacía posible la vida.
Por eso Heródoto resumió una de las ideas más famosas sobre Egipto: Egipto era un regalo del Nilo.
Cuando el oro se convirtió en carne de los dioses
Frente a las reproducciones de los ataúdes de Tutankamón, Hartwig explica uno de los conceptos esenciales de la religión egipcia.
¿Por qué tanto oro?
La respuesta está en la relación entre el oro y el Sol.
Para los antiguos egipcios, el oro estaba asociado con la divinidad.
Era considerado la carne de los dioses.
El Sol representaba una de las grandes fuerzas de la existencia y el faraón tenía una naturaleza divina.
Por eso el cuerpo del rey debía ser protegido y preservado.
No era simplemente un cadáver.
Era el cuerpo de un dios.
La arquitectura funeraria evolucionó precisamente alrededor de esta necesidad.
Las pirámides habían demostrado ser monumentos extraordinarios, pero también eran vulnerables a los saqueadores.
Durante generaciones, las tumbas reales fueron robadas.
Los egipcios tuvieron que cambiar de estrategia.
El objetivo ya no era únicamente construir una estructura monumental.
Era proteger el cuerpo del rey para la eternidad.
Una tumba dentro de otra
La complejidad del entierro de Tutankamón resulta impresionante.
La momia era colocada dentro de una serie de ataúdes y estructuras protectoras.
A su alrededor había santuarios sucesivos.
Cuatro grandes santuarios protegían el conjunto funerario.
La lógica era casi arquitectónica:
una protección dentro de otra protección.
El cuerpo del faraón quedaba en el centro de un sistema diseñado para mantenerlo seguro y preservar su identidad.
Y allí aparece una de las piezas más famosas de toda la arqueología mundial.
La máscara de Tutankamón
Para Hartwig, no hay muchas dudas sobre cuál es su pieza favorita.
La máscara funeraria de Tutankamón.
Es imposible hablar de Tutankamón sin pensar en ella.
La máscara original está elaborada con aproximadamente 22 libras de oro.
Pero su importancia va mucho más allá del valor material.
Para los antiguos egipcios, la cabeza era el asiento de la identidad.
Preservar el rostro significaba preservar la identidad del individuo.
Por eso la máscara representa a Tutankamón con un rostro idealizado.
Los colores también tienen significado.
El azul que aparece en la máscara representa el lapislázuli, una piedra extraordinariamente valiosa para los egipcios.
Y hay un detalle que resulta fascinante:
el lapislázuli procedía de una región que hoy identificamos con Afganistán.
Eso significa que detrás de una pieza funeraria había toda una red internacional de comercio.
Miles de kilómetros de distancia.
Gobernantes.
Mercaderes.
Rutas.
Intercambios.
Y finalmente, aquel material terminaba en Egipto.
La arqueología, en ese sentido, también es la historia de la globalización.
Todo significa algo
Mientras caminábamos por la exposición, apareció otra característica fundamental de la cultura egipcia:
todo tenía significado.
Los animales.
Los colores.
Las posiciones.
Las coronas.
Las joyas.
Los amuletos.
Las representaciones de los dioses.
La naturaleza era observada cuidadosamente y sus comportamientos eran convertidos en símbolos religiosos.
El buitre, por ejemplo, estaba asociado con la protección porque los egipcios habían observado cómo protegía a sus crías.
La cobra representaba poder y peligro.
Las dos figuras —la cobra y el buitre— podían representar simbólicamente el Alto y el Bajo Egipto.
La imagen no era decoración.
Era lenguaje.
Isis, Nephthys y Anubis
En las paredes reconstruidas de la cámara funeraria aparecen algunas de las figuras más importantes de la mitología egipcia.
Isis.
Nephthys.
Anubis.
Cada uno cumple una función dentro del complejo universo religioso egipcio.
Anubis, representado con cabeza de chacal, estaba asociado con la protección de los muertos y con el tránsito hacia el más allá.
Isis era una de las grandes diosas de Egipto.
Nephthys, su hermana, también estaba relacionada con los rituales funerarios.
Para alguien que no conoce la mitología egipcia, puede parecer un universo abrumador.
Hay demasiados nombres.
Demasiados dioses.
Demasiados símbolos.
Pero esa es precisamente una de las razones por las que una exposición bien construida puede ser tan poderosa.
Porque permite comenzar a entender el sistema.
La arqueología no consiste solamente en encontrar objetos
Quizás la enseñanza más importante de nuestra conversación fue esta:
un objeto aislado no cuenta toda la historia.
Una pieza arqueológica puede ser extraordinariamente hermosa.
Puede estar hecha de oro.
Puede tener miles de años.
Puede ser famosa.
Pero su verdadero valor está en el contexto.
¿Dónde fue encontrada?
¿Con qué otros objetos estaba?
¿Quién la utilizó?
¿Qué significaba?
¿Por qué fue colocada allí?
¿Qué ocurrió alrededor de ella?
La arqueología intenta responder esas preguntas.
Por eso Hartwig insiste en que la exposición debe convertirse en una experiencia.
La reconstrucción permite jugar con la narración.
Permite mostrar algo que una vitrina tradicional no puede mostrar:
el momento del descubrimiento.
El descubrimiento que cambió la historia
Tutankamón fue particularmente importante porque su tumba fue encontrada prácticamente intacta.
Eso convirtió el descubrimiento de Howard Carter en uno de los acontecimientos arqueológicos más extraordinarios del siglo XX.
De repente, los investigadores tenían acceso a una enorme cantidad de información.
Pero también apareció un problema:
no existían demasiadas referencias para comparar todo aquello.
Las pirámides eran enormes monumentos.
Pero habían sido saqueadas.
No conservaban los tesoros originales.
Tutankamón ofreció algo diferente.
Una ventana excepcional hacia el mundo funerario de un faraón.
No solamente una tumba.
Un archivo.
Un universo.
Una cápsula del tiempo.
¿Y la famosa maldición?
La historia de Lord Carnarvon, quien financió las excavaciones de Carter, también forma parte de la leyenda.
Carnarvon murió poco después del descubrimiento y la prensa convirtió su muerte en parte de la famosa historia de la “maldición de Tutankamón”.
Pero la explicación real era mucho menos sobrenatural.
Carnarvon tenía problemas de salud previos.
Durante su estancia en Egipto sufrió una infección después de una picadura de mosquito y una herida durante el afeitado.
La infección terminó provocando sepsis.
La leyenda hizo el resto.
La arqueología, sin embargo, nos obliga a separar la historia de la mitología.
Una exposición para todas las edades
Hartwig también tiene un mensaje para los padres.
La exposición está pensada para niños y adultos.
Hay herramientas de audio diferentes para cada público.
La narración busca evitar un exceso de lenguaje académico.
Y existe una intención clara:
hacer que aprender sea una experiencia.
El recorrido puede durar aproximadamente una hora y media utilizando la guía de audio.
Pero el verdadero objetivo no es medir el tiempo.
Es conseguir que el visitante salga haciendo preguntas.
Porque esa es, probablemente, la mejor definición de un museo:
un lugar que no solamente entrega respuestas.
Un lugar que despierta preguntas.
El arte de contemplar
Al final de nuestra conversación, pensé nuevamente en aquella palabra que apareció al principio:
contemplar.
En español es una palabra hermosa.
En inglés es to contemplate.
Pero quizás su significado va mucho más allá de una traducción.
Contemplar significa detenerse.
Mirar.
Observar.
Intentar comprender.
Dejar que un objeto nos haga pensar.
Eso es precisamente lo que propone esta exposición.
No mirar a Tutankamón como una simple colección de piezas antiguas.
Sino intentar verlo como lo vio Howard Carter.
Intentar imaginar al faraón detrás del oro.
Al ser humano detrás de la momia.
La civilización detrás de los objetos.
Y finalmente, nuestra propia historia detrás de Egipto.
Porque después de más de tres mil años, quizá la gran pregunta no sea solamente:
¿Quién fue Tutankamón?
La pregunta más interesante podría ser:
¿Qué parte de nosotros todavía vive en él?
Melinda Hartwig
Melinda Hartwig es egiptóloga, arqueóloga y profesora emérita. Es especialista en el antiguo Egipto y ha dedicado más de cuatro décadas al estudio de la civilización egipcia y a la arqueología.
Durante nuestra conversación explicó el concepto curatorial detrás de la exposición de Tutankamón, el significado de los objetos funerarios, la evolución de las tumbas reales y la importancia de convertir una exposición arqueológica en una experiencia de descubrimiento.
Su propia historia comenzó a los nueve años, cuando encontró un libro sobre Egipto que despertó su fascinación por una civilización que terminaría convirtiéndose en el centro de su vida profesional.
Una conversación sobre Egipto terminó siendo, en realidad, una conversación sobre cómo mirar el pasado.
Y quizá eso sea el verdadero arte de contemplar.
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Now, it was reading lot of Egypt, and TUT
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Juan Pablo Dominguez
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Tutankhamun: His Tombs & Treasures
Location: The Rhode Island Center
Address: 524 Rhode Island Ave NE, Washington, D.C 20002
About the Venue & Directions:
The Rhode Island Center, a complex of new buildings, leisure, and cultural facilities, is located 14 minutes from DC and a 6-minute walk from the main Metro station.
Website: https://tutankhamunexpo.com/
D.C. Website: https://tutankhamunexpo.com/wa
Tickets: https://feverup.com/m/162712
Highlights
Embark on an unparalleled journey to the era of the pharaohs and Ancient Egypt!
Explore the legendary tomb and its treasures as they were at the exact moment of their discovery
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General Info
Dates and times: May 2-July 31 (open daily starting at 10 a.m. on weekdays except for Tuesdays; and 9 a.m. on weekends)
Duration: the visit will take approx. 1 hour and 30 minutes
Location: Rhode Island Center
Age requirement: all ages are welcome!
Accessibility: the venue is ADA-compliant
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