El testimonio de un colombiano que asegura haber atravesado años de conflictos políticos, familiares, laborales y personales mientras intenta reconstruir su vida en Estados Unidos
Por Juan Pablo Domínguez
Hay momentos en la vida en los que una persona deja de preguntarse cómo llegó hasta allí y empieza a preguntarse cómo puede salir adelante.
Para mí, ese momento llegó después de años de conflictos que, según mi propia experiencia, terminaron afectando prácticamente todos los ámbitos de mi vida: mi carrera profesional, mis relaciones familiares, mi situación económica, mi relación con mi hijo y, finalmente, mi posibilidad de sentirme seguro.
Hoy estoy en Estados Unidos intentando reconstruir mi vida.
Mi prioridad es trabajar, pagar mis obligaciones, mantener mi relación con mi hijo y encontrar un lugar donde pueda vivir con tranquilidad.
Pero detrás de esa búsqueda existe una historia mucho más compleja.
Una vida atravesada por el conflicto
Durante años he relacionado algunos de los episodios más difíciles de mi vida con personas que tuvieron posiciones de influencia política, empresarial o institucional en Colombia.
Durante el gobierno de Iván Duque ocurrieron algunos de los acontecimientos que considero más importantes para entender mi historia.
Entre ellos están un desalojo de mi vivienda, un episodio en el que recibí impactos de bala y un proceso relacionado con la custodia de mi hijo que considero irregular.
También he señalado públicamente a determinadas personas que, según mi percepción, tuvieron conocimiento de situaciones que me afectaban.
No presento estas afirmaciones como sentencias judiciales.
Son parte de mi testimonio y de hechos que considero que deben ser investigados mediante las instituciones competentes.
Del trabajo y el emprendimiento a la supervivencia
Hubo una época en la que mi vida era completamente diferente.
Tenía una empresa.
Tenía clientes.
Trabajaba todos los días.
Facturaba.
Había meses difíciles, pero también había oportunidades importantes.
Podía recibir una factura de 300 dólares, otra de 500, otra de 2.000 y, ocasionalmente, contratos mucho mayores.
Mi identidad estaba vinculada al trabajo.
Durante años sentí que estaba construyendo algo.
Después comencé a experimentar una sucesión de problemas que, desde mi perspectiva, terminaron afectando mi reputación y mis oportunidades profesionales.
Y cuando una persona pierde su reputación profesional, el daño puede ser mucho mayor que una pérdida económica.
Porque el dinero se puede recuperar.
La confianza es mucho más difícil.
“No quiero que me definan por mi pasado”
Uno de los mayores desafíos que enfrento actualmente es conseguir trabajo sin que los conflictos del pasado determinen quién soy ante un nuevo empleador.
He sentido que determinadas personas han intentado presentar una imagen negativa de mí.
Que soy una persona problemática.
Que no soy confiable.
Que no se puede trabajar conmigo.
Pero existe una diferencia entre tener una personalidad difícil, atravesar una situación complicada y ser deliberadamente convertido en alguien imposible de contratar.
Eso último, si efectivamente ocurre, debería poder investigarse.
Por eso considero fundamental que cualquier acusación sobre mi comportamiento pueda sustentarse en hechos verificables y no simplemente en rumores.
La historia de mi hijo
Quizá el aspecto más doloroso de toda esta historia sea mi relación con mi hijo.
He vivido durante años un conflicto relacionado con su custodia y con mi posibilidad de ejercer plenamente mi papel como padre.
Ese conflicto ha tenido consecuencias emocionales y personales profundas.
No estoy dispuesto a reducirlo a una disputa entre dos adultos.
Hay un niño en el centro.
Y cualquier sistema de justicia debería preguntarse qué es lo mejor para ese niño, independientemente de las diferencias que existan entre sus padres.
Mi objetivo no es destruir a la madre de mi hijo.
Mi objetivo es poder ejercer mi responsabilidad como padre y que cualquier controversia sea resuelta mediante procedimientos transparentes y garantías de debido proceso.
Las experiencias de la infancia
Existe además una parte de mi historia que durante mucho tiempo me costó verbalizar.
He hablado públicamente de experiencias de abuso sexual que aseguro haber sufrido durante mi infancia.
Hablar de eso no es sencillo.
Mucho menos cuando la persona que habla siente que durante años no fue escuchada o creída.
Pero el silencio también puede convertirse en una forma de prisión.
Por eso decidí hablar.
No porque sea fácil.
Sino porque considero que una persona tiene derecho a contar su propia historia.
Al mismo tiempo, entiendo que una acusación de esta naturaleza requiere investigación y evidencia si se pretende establecer responsabilidades jurídicas.
Mi preocupación por medicamentos y sustancias
Otro asunto que me preocupa profundamente son determinadas experiencias relacionadas con medicamentos y sustancias.
He tenido episodios en los que sentí alteraciones físicas y psicológicas que no esperaba.
En mi interpretación, algunas de esas experiencias podrían estar relacionadas con sustancias que no sabía que había consumido.
Sin embargo, una sospecha no es una prueba.
Por eso considero que cualquier episodio de posible intoxicación debería analizarse mediante exámenes toxicológicos, historia clínica y evaluación profesional independiente.
No quiero diagnosticarme a mí mismo.
Tampoco quiero que otras personas lo hagan sin evidencia.
Quiero saber qué ocurrió.
El poder de una etiqueta
Una de las cosas que más me preocupa es cómo una persona puede quedar atrapada dentro de una etiqueta.
“Está loco.”
“Es problemático.”
“Es un adicto.”
“Es imposible trabajar con él.”
Una etiqueta repetida suficientes veces puede comenzar a parecer una verdad.
Y cuando esa etiqueta llega a un empleador, a una institución o a una persona que nunca te ha conocido, puede convertirse en una barrera prácticamente invisible.
Por eso quiero que mi historia sea evaluada a partir de evidencia y no simplemente de reputaciones construidas por terceros.
Mi experiencia en Washington
Llegar a Estados Unidos tampoco significó que todos mis problemas desaparecieran.
Tuve que empezar nuevamente.
Aprender nuevas reglas.
Buscar empleo.
Adaptarme.
Conocer personas nuevas.
Y enfrentar situaciones económicas que nunca había imaginado.
Pero también he conocido personas buenas y he tenido experiencias que me han permitido entender que una vida diferente es posible.
Estados Unidos no es perfecto.
Ningún país lo es.
Pero para mí representa una oportunidad de comenzar nuevamente.
No quiero vivir en guerra
Después de tantos años, existe una conclusión que se ha vuelto cada vez más importante:
No quiero vivir en guerra permanentemente.
No quiero dedicar el resto de mi vida a responderle a cada persona con la que tuve un conflicto.
No quiero convertir cada experiencia laboral en una batalla.
No quiero que mi hijo crezca pensando que su padre solamente sabe pelear.
Quiero trabajar.
Quiero producir.
Quiero ser padre.
Quiero estudiar.
Quiero construir nuevos proyectos.
Y quiero tener la posibilidad de defenderme cuando considere que mis derechos han sido vulnerados.
La diferencia entre una acusación y una prueba
También he aprendido algo importante.
Cuando uno ha sufrido durante mucho tiempo, puede llegar a interpretar acontecimientos nuevos a través de las experiencias anteriores.
Por eso hoy intento hacer una distinción fundamental:
Una cosa es lo que sé.
Otra cosa es lo que recuerdo.
Otra es lo que sospecho.
Y otra completamente diferente es lo que puedo demostrar.
Esa diferencia es esencial.
Si una persona es acusada de un delito, debe existir evidencia.
Si una persona denuncia un delito, también debe tener la posibilidad de ser escuchada.
Y si existen instituciones encargadas de investigar, deben hacerlo de manera independiente.
Lo que estoy buscando
Después de todos estos años, mi objetivo es mucho menos complicado de lo que podría parecer.
Quiero una vida normal.
Quiero un trabajo.
Quiero estabilidad económica.
Quiero tener una relación sana con mi hijo.
Quiero poder caminar por una ciudad sin sentir que tengo que explicar constantemente quién soy.
Y quiero poder contar mi historia sin que eso automáticamente convierta mi vida en otra batalla.
No estoy pidiendo que nadie crea ciegamente todo lo que digo.
Estoy pidiendo algo mucho más básico:
que mi historia pueda ser escuchada y, cuando corresponda, investigada.
El futuro
Quizá reconstruir una vida no significa borrar el pasado.
Quizá significa aprender a vivir sin permitir que el pasado controle cada decisión.
He perdido oportunidades.
He perdido relaciones.
He cometido errores.
También he sobrevivido a situaciones que considero extremadamente difíciles.
Y sigo aquí.
Trabajando.
Pensando.
Buscando respuestas.
Intentando ser padre.
Intentando construir nuevamente.
Por eso, después de tantos años, mi pregunta ya no es solamente quién tuvo la culpa.
Mi pregunta es:
¿Qué puedo construir a partir de ahora?
Porque quizás la verdadera victoria no sea conseguir que todo el mundo acepte mi versión de la historia.
Quizás sea conseguir finalmente algo mucho más sencillo:
una vida en paz.
Nota editorial: las acusaciones y señalamientos contenidos en este artículo corresponden al testimonio y perspectiva del autor. Las personas mencionadas no deben ser consideradas responsables de delitos o conductas ilícitas únicamente por aparecer en este relato. Cualquier responsabilidad deberá establecerse mediante las autoridades competentes y con las garantías del debido proceso.