Cuando un padre teme perder la identidad de su hijo
La historia recuerda uno de los capítulos más oscuros del siglo XX: el secuestro y la germanización de miles de niños polacos durante la ocupación nazi. Aquellos menores fueron separados de sus familias, privados de su identidad y, en muchos casos, crecieron sin conocer su verdadero origen.
Cada caso contemporáneo tiene un contexto jurídico y fáctico distinto, por lo que no corresponde equipararlos automáticamente. Sin embargo, esa tragedia histórica demuestra que la separación de un niño de uno de sus padres y la pérdida de sus vínculos familiares pueden tener consecuencias profundas y duraderas.
En mi caso, sostengo que llevo años sin poder ejercer plenamente mi papel como padre y sin conocer con certeza cómo se encuentra mi hijo. He presentado solicitudes y reclamaciones buscando restablecer el contacto y obtener respuestas sobre las decisiones que han afectado nuestra relación.
Mi mayor temor no es únicamente la distancia física, sino que el paso del tiempo termine borrando el vínculo entre padre e hijo. Todo niño tiene derecho a conocer su historia, su identidad y a mantener relaciones familiares cuando ello sea compatible con su interés superior.
Por esa razón considero indispensable que las autoridades revisen de manera imparcial los hechos, garanticen el debido proceso para todas las partes y velen por los derechos fundamentales del menor. La historia enseña que cuando las instituciones dejan de proteger los derechos de los niños, las consecuencias pueden acompañarlos durante toda la vida.
Mi llamado no pretende equiparar mi situación con los crímenes del régimen nazi, sino recordar una lección universal: ningún niño debería convertirse en instrumento de un conflicto entre adultos, ni perder el derecho a conocer y relacionarse con ambos padres cuando la ley y su bienestar lo permitan.